Miguel Martín Porcel

Autor · Memoria · Cicatriz

Sin censuraIrremediablementeYO+18 años

Algunos nacen para encajar. Otros nacen para resistir.

Una historia real, cruda e íntima sobre familia, calle, amor, errores, pérdida y supervivencia. Algunos nombres y detalles se protegen, pero la herida es de verdad.

Portada de Irremediablemente YO

Libro disponible

YO

No una vida limpia. Una vida real.

Amazon disponible para compra actual. Edición digital internacional y zona privada de lectores en preparación. Historia real con nombres y detalles protegidos cuando hace falta.

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Decidí contarlotodo.

“Sin adornos. Sin censuras. Soltar lastre para poder seguir.”

El tráiler de Irremediablemente YO abre la puerta a una historia real, cruda y sin filtros. No para gustar a todos. Para decir la verdad.

Contraportada de Irremediablemente YO

Sobre el libro

Una historia con barro, memoria y verdad.

Miguel Martín nació en un barrio donde la vida no regalaba segundas oportunidades. Irremediablemente YO es un relato real, crudo, sincero y sin filtros sobre crecer cuando nadie te enseña cómo hacerlo. Algunos nombres y detalles han sido modificados para proteger a personas reales.

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Portada provisional de Escrito con tinta prohibida

Segundo libro

Escrito con tinta prohibida.

La historia continúa, pero aún no se vende. Solo una sombra en la pared: lo que viene después de Irremediablemente YO.

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Capítulo 1. Recién llegado

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Recién llegado a la isla, mi única intención era intentar no volver a meterme en más líos. Mis hermanas estaban encantadas con los gemelos que, por casualidades del destino, tienen la misma edad que Raúl, el hijo pequeño de mi hermana Susi. Aunque a veces me cuesta transmitirlo, me sentía muy feliz y estaba decidido a recuperar el tiempo perdido con Susi. Por otro lado, mi hermana Yoli estaba postrada en cama; la acababan de operar de una hernia discal y no podía levantarse.

Rápido encontré trabajo. Aunque no me entusiasmaba demasiado, el principal problema era el idioma, pero como siempre: pa’lante. Era en un hotel, un empleo sencillo donde todo era bufet; pensé que con tenerlo todo listo y que no faltara nada, ¿qué podía salir mal? El primer día, sin embargo, casi me vuelven loco. Los clientes preguntaban por todo, como si de una peña de ciegos se tratara. Entre los líos con los grupos de turistas como los Thomson y demás, resultó ser más complicado de lo previsto. Al segundo día ya me había hecho con la sala: si me pedían algo, los cogía de la mano y los llevaba hasta la misma cocina, lo que provocó más de una carcajada.

Estuve poco tiempo allí. El jefe me cambió a un restaurante de su propiedad, pero también salí rápido porque el sueldo y el horario no me convencían. Así terminé en una cafetería llamada Gran Capuchino. Trabajaba dieciséis horas muchos días, pero estaba contento; no obstante, fue allí donde estalló la primera movida gorda con Elvira.

Todo ocurrió durante el cumpleaños de mi sobrino Raúl. Llegué tarde, casi al terminar, el tiempo justo para que Elvira comenzara a gritarme por una sevillana que había bailado con una amiga de mi hermana Susi. Por más que intentamos calmarla, fue inútil; ella seguía y seguía. Al llegar a casa de mi hermana Yoli, donde vivíamos, el escándalo no cesó. Yoli, a pesar de su estado, se levantó de la cama e intentó mediar:

—Chicos, venga, dejad de pelear —rogó mi hermana.

—¡Tú, cállate! —le espetó Elvira, dándole un empujón que la dejó redonda en el suelo. Yoli apenas llevaba unos días levantándose tras su operación y estaba en plena recuperación.

Al ver caer a mi hermana, tuve un gesto casi programado; sin pensarlo, le solté un puñetazo a Elvira que la dejó patas arriba, con la nariz partida y sangrando como un cochino en un matadero. La cocina se tiñó de rojo; fue una imagen brutal que se me quedó grabada. Justo en ese momento abrió la puerta mi cuñado Emilio, quien me miró horrorizado, pensando que las había matado al ver a ambas en el suelo cubiertas de sangre. Inmóvil por el impacto, le pegué un empujón y salí corriendo de allí. Fui a casa de Susana, se lo conté y ella salió volando hacia allá. Ese día, Elvira y yo nos separamos para siempre.

Esa misma noche me dirigí a la única discoteca de Port de Pollença. Allí conocí al que se convertiría en mi compañero inseparable en esta etapa: Miguelito Gorrea. Era pequeñito y mentiroso a más no poder, pero con un gran corazón. Al fondo de la sala vi a la que creí que era una guiri: rubia, de pelo largo y con un collarín que la hacía parecer Robocop. Miguelito se encargó rápido de presentarme a todo el mundo. La rubia y yo terminamos hablando a solas en la playa; yo estaba emocionado, sintiéndome como en una película.

Se quitó el collarín y comenzamos a besarnos con pasión. Sacó una mantita del maletero y nos echamos sobre la arena. Recuerdo aquel encuentro como algo salvaje y acelerado. Sin embargo, en el momento crítico, me preguntó si tenía condones. Al no contestar, ella corrió al coche y, al volver, la excitación se había esfumado. Miró la hora y se marchó con prisa:

—Ositras, me tengo que ir —dijo antes de desaparecer.

A pesar del extraño final, se despidió diciendo que había sido uno de los mejores días de su vida. Yo, por mi parte, estuve una semana sacándome arena de las quijadas; cada vez que me duchaba, parecía salir tierra nueva. En fin, gajes de ser un paleto fuera de su hábitat natural.

Sin dormir nada, puse rumbo a Port d’Alcúdia. Yoli se quedó con los gemelos y Elvira, mientras yo me refugiaba con Susi, a quien le dejé claro que no volvería con mi ex. Esa misma mañana, una chica sevillana comenzó a tirarme los trastos en la cafetería. Era chiquitita y graciosa, con un algo que me picaba la curiosidad. Quedé con ella esa noche, pero salí de su casa casi a las tres de la mañana y a las ocho tenía que entrar a trabajar, así que salí por patas. Al día siguiente, entre bromas, me cuestionaba si ella no valía para mí. Me sorprendía la franqueza de las mujeres en la isla; les importaba todo un rábano. Al final, terminé saliendo con la sevillana, que resultó ser amiga de mi hermana. Cuando Susi se enteró, casi me mata.

No tenía tiempo para nada. Susi me advirtió que no podía seguir trabajando tantas horas por aquel sueldo, especialmente si pretendía salir de noche. No tenía tiempo ni para ver a mis hijos, y Elvira aprovechaba para decir que no le pasaba dinero, lo cual era mentira. Decidí entregarle el dinero a mis hermanas para que ellas se encargaran de dárselo. Intentamos alquilar un piso para vivir juntos por el bien de los niños, pero fue un error catastrófico; Elvira me acosaba constantemente y terminábamos a gritos. Finalmente, abandoné la casa, seguí ayudándola económicamente y regresé con Susi. Los celos de Elvira llegaron al extremo de gritar que mi hermana y yo teníamos una relación. Una vez, harta de sus ataques, Susi le espetó:

—¡Pues si me acuesto todos los días con él, jódete!

Yo me quedé pálido, deseando que la tierra me tragara. A partir de ahí, empecé a frecuentar a Marta, la chica de la playa.

Cambié de trabajo y empecé en una base militar de oficiales. Hablando con un oficial, me propuso organizar un campeonato de pulsos en el centro militar. Acepté el reto: compré hierros, soldé una mesa nueva y busqué un tapicero. Lo organizamos en una terraza de verano y publicitamos el evento por toda la isla y la península. El día del torneo estaba manojos de nervios; aunque mi intención era no competir, la insistencia de los participantes me obligó a apuntarme en el Torneo de Campeones.

El sitio estaba lleno hasta la bandera. Me tocó enfrentarme al campeón de más de 100 kg. La gente murmuraba: No tiene nada que hacer, le dobla el peso.

—Espaldas rectas... no os mováis... ¡Listos, YA!

Nos quedamos bloqueados. Él estuvo a punto de vencerme, pero vi a Marta mordiéndose los labios entre el público. Le guiñé un ojo y, con un movimiento seco, voltee su brazo contra la almohadilla. El silencio fue total antes del estallido de aplausos. En la final, me enfrenté a Miguel Morales de Inca. Tras un forcejeo brutal y varias amonestaciones del árbitro por la posición de nuestras muñecas, logré ganarle.

Ese día me convertí en una figura conocida en Mallorca. Dos días después, el periódico de la isla nos dedicó dos páginas bajo el titular: EL HALCÓN, CAMPEÓN DE CAMPEONES. De aquel torneo nació una amistad inquebrantable con Quito, un apasionado de los pulsos con quien empecé a trabajar en la ferralla. Marta y yo nos fuimos a vivir a Inca y, durante un tiempo, fui el hombre más responsable del mundo. La afición por los pulsos en la isla no dejaba de crecer gracias a los eventos que seguíamos organizando.

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